Una ida a Tokyo, por favor

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viernes, 9 de noviembre de 2007

Sancha

Hoy estrenamos nueva etiqueta: Pequeños relatos. Aquí pondré breves cuentos que espero que sean de vuestro agrado. Empezamos con el primero: Sancha.

El bosque parecía alejarse hacia el mar, dejando entre sí y la Albufera una extensa llanura baja, cubierta de vegetación bravia, rasgada a trechos por la tersa lámina de pequeñas lagunas.
Era el llano de Sancha. Un rebaño de cabras, guardado por un muchacho, pastaba entre las malezas, y a su vista surgió en la memoria de los hijos de la Albufera la tradición que daba su nombre al llano.
Un pastorcillo como el que ahora caminaba por la orilla, apacentaba sus cabras en otros tiempos en el mismo llano.
Pero esto era muchos años antes, muchos... tantos, que ninguno de los viejos que aún vivían en la Albufera conoció al pastor; ni el mismo tío Paloma.
El muchacho vivía como un salvaje en la soledad, y los barqueros que pescaban en el lago le oían gritar desde muy lejos en las mañanas de calma:
-¡Sancha, Sancha!
Sancha era una serpiente pequeña, la única amiga que le acompañaba. El mal bicho acudía a los gritos, y el pastor, ordeñando sus mejores cabras, le ofrecía un cuenco de leche. Después, en las horas de sol, el muchacho se fabricaba un caramillo* cortando cañas en los carrizales y soplaba dulcemente. teniendo a sus pies al reptil que enderezaba parte de su cuerpo y lo contraía como si quisiera danzar al compás de los suabes silbidos. Otras veces el pastor se entretenía deshaciendo los anillos de Sancha, extendiéndola en línea recta sobre la arena, regocijándose al ver con qué nerviosos impulsos volcía a enroscarse.
Cuando, cansado de estos juegos llevaba el rebaño a otro extremo de la gran llanura, seguíale la serpiente como un gozquecillo* o enroscándose a sus piernas le llegaba hasta el cuello, permaneciendo allí como caída o muerta, y con sus ojos de diamante fijos en los del pastor, erizándole el vello de su cara con el silbido de su boca triangular.
Las gentes de la Albufera lo tenían por brujo y más de una mujer de las que tomaban leña en la Dehesa, al verle llegar con la Sancha en el cuello, hacían la señal de la cruz como si se presentase el demonio. Así comprendían todos, cómo el pastor podía dormir en la selva sin miedo de los grandes reptiles que pululaban en la maleza. Sancha, que debía ser el diablo, le guardaba de todo peligro.
La serpiente crecía y el pastor era ya todo un hombre cuando los habitantes de la Albufera no lo vieron más. Se supo que era soldado y que se hallaba peleando en las guerras de Italia. Ningñun otro rebaño volvió a pastar en la salvaje llanura. Los pescadores, al bajar a tierra, no gustaban de aventurarse en los altos juncales que cubrían las pestíferas lagunas. Sancha, falta de la leche con que la regalaba el pastor, debía perseguir los innumerables de la dehesa.
Transcurrieron ocho o diez años y un día los habitantes de Saler, vieron llegar, por el camino de Valencia, apoyado en un palo y con la mochila a la espalda, a un soldado, un granadero enjuto y cetrino, con las negras polainas hasta encima de la rodilla. Sus grandes bigotes no le impidieron ser reconocido. Era el pastor que regresaba. Llegó a la llanura pantanosa donde en otros tiempos guardaba sus reses. Nadie. Las libélulas movían sus alas sobre altos juncos con suave zumbido y en los charcos ocultos bajo los matorrales chapoteaban los sapos asustados por la proximidad del soldado.
-¡Sancha, Sancha! - llamó suavemente el antiguo pastor. Y cuando hubo repetido su llamamiento muchas veces, vio que las altas hierbas se agitaban y oyó un estrépito de cañas tronchadas, como si se arrastrase un cuerpo pesado. Entre los juncos brillaron dos ojos a la altura de los suyos y avanzó una cabeza achatada moviendo la lengua de horquilla, con un bufido tétrico que parecía helarle la sangre. Era Sancha, pero enorme, soberbia, levantándose a la altura de un hombre, arrastrando su cola entre la maleza hasta perderse de vista, con la piel multicolor y el cuerpo grueso como el tronco de un pino.
-¡Sancha!- gritó el soldado el soldado retrodeciendo a impulsos del miedo-. ¡Cómo has crecido...! ¡Qué grande eres!
E intentó huir. Pero la antigua amiga, pasando el primer asombro, pareció reconocerle y se enroscó en torno de sus hombres, estrechándole con un anillo de su piel rugosa sacudida por nervioso estremecimientos. El soldado forcejeó.
-¡Suelta, Sancha, suelta! No me abraces. Eres demasiado grande para esos juegos.
Otro anillo oprimió sus brazos agarrotándolos. La boca del reptil le acariciaba como en otros tiempos; su aliento le agitaba el bigote causándole un escalofrío angustioso, y mientras tanto, los anullos se contraían, se estrechaban hasta que el soldado, asfixiado, crujiéndole los huesos, cayó al suelo envuelto en el rollo de pintados colores de los anillos.
A los pocos días nos pescadores encontraron su cadáver, una masa informe con los huesos quebrantados y la carne amoratada por el irresistible apretón de Sancha. Así murió el pastor, víctima de un abrazo de su antigua amiga.
*Caramillo: flautilla de caña que produce un sonido muy agudo.
*Gozquecillo: perro pequeño.
Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928)

Espero que os haya gustado.
Cada domingo postearé uno nuevo.

Qué viva Kill Bill y la madre que os parió!!

5 comentarios:

Willhelm dijo...

Anda que chulo el cuento.
Me alegro que por fin hayas encontrado una nueva seccion para tu blog.
Me ha gustao el cuento, espero ver cada domingo uno.
Besos!!
Will.

Mister dijo...

Muy bueno el cuento, me e entretenido leyendo :)

Bueno, tambien avisarte que tengo nuevo blog, ya que por causas desconocidas a desaparecido mi anterior blog CInemafia.

Saludos y ya te pasarás !

http://misterexperience.blogspot.com/

Jandro dijo...

¡¡Muy bonito el cuento Mia!! Como sabes a mi también me encantan las historias y muy pronto podrás disfrutar de Jandro... al más puro estilo Tarantino (4ª parte) en Perro viejo. Me parece genial que te expandas hacia estas nuevas etiquetas...

¡¡Besazos Mia!!

Matuka dijo...

Muy bueno!! felicidades ;)

Anónimo dijo...

¿Cuál opináis que es el tema principal de este cuento?